• Su alegría. Nuestra fuerza.

  • Oren sin cesar. Den gracias en todo.

  • Así brille vuestra luz.

  • Incluso una sola vela puede crear un cambio en la oscuridad.

  • Si puedo hacer algún bien, permíteme hacerlo ahora.

Áncora

Devocionales presentados de forma sencilla

  • Confraternidad cristiana

    Peter Amsterdam

    [Christian Fellowship]

    Cuando sacamos a colación los términos compañerismo y confraternidad, la mayoría de los cristianos los asociamos con reunirse con otros cristianos para disfrutar de unos momentos de oración, culto, canto, lectura de la Biblia o escuchar un sermón, conversar, comer y por lo general interactuar en un ambiente edificante y que eleva el espíritu. Si bien esas actividades son parte integral de la fraternidad cristiana, hay un concepto bíblico más amplio de la confraternidad y el compañerismo que nos ofrece una comprensión más cabal de su significado.

    Antes de la creación del mundo, Dios existía en comunidad a modo de trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por medio de Su Palabra Dios nos ha revelado que Él es un ser divino, una sola esencia, compuesta por tres entes o personas distintas. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; no obstante, solo hay un Dios. Esta es una creencia fundamental de la fe cristiana. Las tres personas distintas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— coexisten eternamente en amorosa relación interpersonal.

    Cuando Dios creó a Adán, y a Eva, los creó a Su propia imagen (Génesis 1:27). Fueron creados como seres relacionales (Génesis 2:18), y además de la relación que mantenían entre sí, disfrutaban de amistad y comunión con Dios. Al desobedecer a Dios, se avergonzaron y se ocultaron de Él, con lo que se quebró el compañerismo que habían tenido con Él (Génesis 3:8–10). Sin embargo, a pesar de la desobediencia de Adán y Eva y la consiguiente caída de la humanidad, Dios allanó el camino para que la humanidad pudiera restablecer confraternidad con Él por medio de la vida y muerte de Jesús.

    Al momento de la muerte y resurrección de Cristo, Dios modificó la esencia del compañerismo al cual tiene acceso la humanidad y estableció Su morada permanente en los corazones de los que creen. Jesús enseñó a Sus discípulos que «el que me ama, Mi palabra guardará; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él» (Juan 14:23). La fraternidad con Dios se centra ahora en nuestra relación personal con Jesús. «Comprenderán que Yo estoy en Mi Padre; ustedes en Mí y Yo en ustedes. El que acepta Mis mandamientos y los cumple, es el que me ama de verdad; y el que me ama será amado por Mi Padre, y también Yo lo amaré y me manifestaré a él» (Juan 14:20–21).

    Relación personal con Dios

    El aspecto más importante de la confraternidad cristiana es nuestra relación personal o comunión con Dios a través de Su Hijo Jesús. El apóstol Juan escribió: «que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1:3).

    La comunión que los creyentes podemos gozar con Dios a la postre cobrará una nueva dimensión cuando Dios habite con Su pueblo.

    «Vi también bajar del cielo la ciudad santa, la nueva Jerusalén. Venía de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una voz poderosa que decía desde el trono: “Esta es la morada que Dios ha establecido entre los seres humanos. Habitará con ellos, ellos serán Su pueblo y Él será Su Dios”» (Apocalipsis 21:2,3).

    La relación y compañerismo que el creyente tiene individualmente con Dios es lo que hace posible la confraternidad entre los creyentes; es el fundamento para el compañerismo entre los cristianos. En primera medida, Dios restablece la comunión con nosotros gracias al sufrimiento de Jesús y a la muerte que padeció por nosotros; luego, al encauzar nuestra vida de tal manera que coincida con Su Palabra, se hace posible la hermandad con otros creyentes. Como Juan escribió: «Si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros» (1 Juan 1:7).

    Copartícipes con nuestros compañeros en la fe

    Aparte de nuestra comunión con Dios, otro aspecto de la confraternidad consiste en participar de diversos modos en nuestra fe. Al presentar la relación que los creyentes tienen entre sí, el apóstol Pablo emplea varios términos griegos. Todos ellos expresan la idea de participación común. Los principales vocablos que empleó provienen de la familia léxica koinonía. Expresaban el concepto de participar de algo con otra persona y se han traducido al Nuevo Testamento con términos como comunión, compañerismo, íntima armonía y participación. En el uso de estos términos en el Nuevo Testamento se acentúa más el sentido de participar en algo que con alguien, como se emplean más comúnmente hoy en día.

    En el contexto bíblico las palabras de la familia koinonía se usan generalmente en el sentido de ser partícipes de algo o participar de ello. El concepto de ser partícipes expresado en el sentido de ser socio o tomar parte en un asunto o compartir, trátese de la obra de Dios, de bendiciones e incluso de penalidades, lo vemos en numerosos versículos como: «Ustedes soportaron una gran lucha de padecimientos. Por una parte, siendo hechos un espectáculo público en oprobios y aflicciones, y por otra, siendo compañeros de los que eran tratados así» (Hebreos 10:32,33.); «todo lo hago por amor del evangelio, para ser partícipe de él» (1 Corintios 9:23).

    Como hemos visto en estos y en otros versículos, el sentido más amplio de compañerismo o confraternidad tiene que ver con una participación en el amplio espectro del evangelio: participar de las bendiciones, las pruebas y tribulaciones, la consolación y la gracia. También es sobre ser partícipes colectivamente de la naturaleza divina por medio de la verdad que nos reveló Dios, como el apóstol Pedro escribió en su epístola: «Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia. Por ellas Él nos ha concedido Sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:3,4).

    Si bien la confraternidad implica reunirse con otros cristianos también incluye nuestra participación en el evangelio, trabajar de algún modo en una actividad de propagación cristiana. Es hermanarse con Dios y con otras personas en la Gran Misión de comunicar las buenas nuevas a todos y llevar a otros a un salvífico conocimiento de Cristo y discipulado (Mateo 28:18–20).

    El apóstol Pablo también empleó koinonía para referir la unidad y los lazos que deben existir entre los cristianos. Al escribir sobre el debate que tuvo lugar en Jerusalén con respecto a si los gentiles (no judíos) debían ser circuncidados para ser cristianos, Pablo dijo que Santiago, el hermano de Jesús, y los apóstoles Pedro y Juan dieron a él y a Bernabé «la diestra en señal de compañerismo» (Gálatas 2:9). Ello entrañaba que aunque los apóstoles continuarían su labor entre los judíos de Jerusalén y Pablo tendría una labor distinta atendiendo espiritualmente a los gentiles, todos ellos permanecerían unidos fraternalmente en la fe. Eso expresa la importancia de que cristianos de todas las creencias mantengan la unidad y el compañerismo aun cuando difieran en las labores que llevan a cabo o se adscriban a distintas escuelas teológicas sobre cuestiones secundarias de doctrina que no son esenciales para la fe cristiana.

    Basándonos en el contexto global del sentido que posee el término en el original griego, el compañerismo cristiano (comunión, confraternidad), se puede entender como participación en todo el sistema de la fe. Entraña nuestra interacción con Dios y con otros cristianos y nuestros esfuerzos conjuntos para vivir la Gran Misión y ser sal y luz para el mundo que nos rodea y la cultura de nuestro tiempo.

    Naturalmente, reunirnos con otros cristianos es una parte importante de encuentros de confraternidad, pero va más allá de socializar con otros cristianos. El compañerismo espiritual incluye reunirse con otros cristianos para desahogar el corazón y fortalecer nuestra fe, para animarnos unos a nosotros sobre dedicar nuestra vida a Dios, dialogar sobre los problemas y las soluciones relativas a practicar nuestro discipulado, orar unos por otros y procurar consejo inspirado por Dios de parte de hermanos y hermanas. Abarca así también la lectura de las Escrituras, la alabanza, la oración, la adoración y celebrar juntos la comunión. Esos encuentros pueden darse cuando se junta un grupo grande de cristianos, o cuando solo se reúnen dos o tres en Su nombre (Mateo 18:20).

    Como Donald Whitney escribió: «Cualquiera que sea el entorno social en que tenga lugar el compañerismo, debe llevar aparejado participar de la vida de Cristo así de palabra como de hecho. Al vivir en semejanza a Cristo cuando estamos juntos, nos alentamos unos a otros en la conducta cristiana. Al hablar como Cristo de asuntos espirituales, nos estimulamos unos a otros a llevar una vida agradable a Dios»1.

    El compañerismo y la confraternidad con otros cristianos requieren que dediquemos tiempo a reunirnos a fin de participar en nuestra vida de fe, nuestra relación con el Señor, nuestros momentos de culto y nuestra vida de oración y también para fortalecernos mutuamente en Cristo. El autor de la epístola a los Hebreos dice: «Pensemos en maneras de motivarnos unos a otros a realizar actos de amor y buenas acciones. Y no dejemos de congregarnos, como lo hacen algunos, sino animémonos unos a otros» (Hebreos 10:24,25).

    El compañerismo o comunión fraternal empieza cultivando una relación íntima con Dios, que es seguida por la participación en diversos aspectos de la fe, como son compartir con los demás todo lo bueno con que nos bendice Dios y hermanarnos y reunirnos con nuestros correligionarios. Si llevamos a la práctica estas cosas modelaremos nuestra hermandad según las imágenes verbales empleadas para describir la camaradería y el vínculo estrecho que poseían los integrantes de la iglesia primitiva. Ellos se llamaban «conciudadanos de los santos» y «de la familia de Dios» (Efesios 2:19), «los de la familia de la fe» (Gálatas 6:10). Habiendo alcanzado la condición de hijos adoptivos dentro de la familia de Dios (Gálatas 4:4–6), se regían por amor, ternura, compasión y humildad.

    «Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión, hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. No hagan nada por egoísmo (rivalidad) o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Filipenses 2:1–4).

    Nuestra comunión con Dios y con nuestros semejantes es parte primordial del ejercicio de nuestra fe y contribuye sustancialmente a que llevemos fruto en nuestra vida personal y en la vida de los demás. Siendo miembros del cuerpo de Cristo, a medida que nos esforzamos por andar en la luz, así como Él está en la luz, lograremos una unión fraternal más plena y profunda los unos con los otros.

    Publicado por primera vez en junio de 2014. Adaptado y publicado de nuevo en septiembre de 2026.


    1 Whitney, Donald S., Spiritual Disciplines for the Christian Life (Colorado Springs: Navpress, 1991), 241.

  • Sep 16 El gran alboroto de Éfeso
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  • Sep 11 La última sobreviviente del 11 de septiembre rescatada de los escombros afirma que Dios la salvó
  • Sep 10 Prioridades eternas
  • Sep 9 Superar el cáncer: El Dios que día tras día nos lleva cargados en Sus brazos
  • Sep 7 La correcta motivación
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  • Sep 1 Mirar hacia el futuro con esperanza
  • Ago 31 La parábola del sembrador
   

Rincón de los Directores

Estudios bíblicos y artículos edificantes para la fe

  • Vivir como discípulos, 12ª parte: Discipulado cotidiano

    [The Life of Discipleship, Part 12: Everyday Discipleship]

    El discipulado es una misión para toda la vida que requiere perseverancia, determinación, convicción, el amor de Dios y el poder del Espíritu Santo. El difunto reverendo Billy Graham dijo en cierta ocasión: «El paso de un cristiano por la vida no es un sprint, sino una maratón. […] Ser discípulo es un compromiso para toda la vida, día tras día». El proceso de crecer como discípulos y transformarnos en imagen de Cristo es una tarea permanente. Alguien lo expresó de esta manera:

    Fuimos creados como borradores que deben pasar por un proceso de corrección. Dios obra en nosotros para transformarnos paso a paso en artículos bien acabados que valga la pena leer. Nuestra sustancia sufre sucesivas modificaciones a raíz de las decisiones que tomamos; las pruebas de la vida eliminan lo superficial y superfluo, y las manos del Redactor Jefe nos van ajustando y puliendo.  Scott Montrose[1]

    Nuestro discipulado debe abarcar todos los aspectos de nuestra vida, entre otros nuestra relación con Dios y nuestro trato cotidiano con Él, así como nuestro amor por el prójimo, por cada persona con la que nos cruzamos a lo largo del día. Ser discípulos es ser embajadores de Cristo y transmitir la buena nueva a las personas que Él nos pone delante, ser un vivo reflejo de Su amor en cada faceta de nuestra vida y esforzarnos por volvernos más como Él.

    Vivimos como discípulos en nuestra casa, en el trabajo, en el lugar donde estudiamos y en la comunidad. Incorporamos principios de discipulado a la crianza de nuestros hijos, nuestras relaciones y la forma en que empleamos nuestro tiempo, habilidades y recursos. Procuramos ser un ejemplo vivo de nuestra fe ante nuestras familias, amigos y vecinos, en nuestro trato con diversas personas a lo largo del día y en nuestras comunicaciones en línea.

    El llamado a ser discípulos de Jesús es un llamado a toda una manera de vivir. Es un llamado a ajustar nuestro orden de prioridades de manera que Dios ocupe el primer lugar en nuestra vida. No es que no podamos tener otros afectos, sino que ante todo debemos ser leales a Dios, por encima de nuestros deseos, nuestra voluntad, nuestros seres queridos, nuestros bienes materiales y hasta nuestra propia vida. No es fácil vivir como un discípulo de Cristo; de hecho, Jesús dijo que «el camino es difícil», pero es un camino «de acceso a la vida» (Mateo 7:13,14). Es preciso compromiso, dedicación y centrar en Dios nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras relaciones.

    En los evangelios, Jesús insta a Sus seguidores a dar la vida por Él y seguirlo. En el Evangelio de Mateo dice: «Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame,porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará» (Mateo 16:24,25).

    Negarnos a nosotros mismos puede entenderse como dejar a un lado nuestros deseos personales, ambiciones y objetivos, optar por buscar la orientación de Dios y hacer Su voluntad por encima de la nuestra. Eso no significa que Él nunca nos vaya a indicar que persigamos nuestras ambiciones y procuremos alcanzar nuestros objetivos personales. Si nos esforzamos por descubrir Su voluntad y deseamos agradarle, es muy probable que Su voluntad coincida con nuestros anhelos (Salmo 37:4). No obstante, si la dirección que Él nos indica no encaja con la que nosotros nos inclinábamos por tomar, como discípulos Suyos debemos estar dispuestos a negarnos a nosotros mismos para seguirlo.

    Jesús nos dio la clave para ser capaces de cumplir nuestro compromiso como discípulos, desde el momento de nuestro renacimiento espiritual al salvarnos: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (2 Corintios 5:17; Gálatas 2:20).

    La capacidad y la gracia para vivir como discípulos no provienen solo de nuestro deseo de obedecer los mandamientos de Dios y nuestros esfuerzos por vivir como a Él le agrada, sino también del poder de Dios por el hecho de que Cristo está en nosotros (Colosenses 1:27) y el Espíritu Santo mora en nosotros (Juan 14:15–17). «Somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Efesios 2:10).

    Cristo en nosotros

    Cada mañana podemos dar por sentado que ese día el Señor Jesucristo se manifestará a través de nosotros y realizará algún aspecto de Su obra, aunque nosotros no logremos identificar qué hace. Es un privilegio que tenemos y una responsabilidad.

    El hecho de que Cristo esté en nosotros nos confiere poder. Nos es imposible ser eficaces con otras fuerzas que no sean las derivadas de la vida de Jesucristo, pues Él dijo: «Separados de Mí nada pueden hacer» (Juan 15:5). Y el hecho de que nosotros estemos en Cristo nos da un propósito. No se trata de un poder para vivir centrados en nosotros mismos, sino de un poder que nos faculta para cumplir los planes de Cristo. […]

    El hecho de que Cristo esté en nosotros nos ofrece recursos. Todo lo que podamos necesitar es nuestro en el Señor Jesucristo. Y el hecho de que nosotros estemos en Cristo nos impone obligaciones. Como soy parte de Su cuerpo, la pregunta más importante que debo plantearme es: «¿Qué [quiere Él] que haga?»

    El hecho de que Cristo esté en nosotros nos aporta dinamismo. Y el hecho de que nosotros estemos en Cristo nos atrae requerimientos. Si hay algo que Él quiere lograr, tiene derecho a valerse de nosotros para hacerlo. Si hay un eunuco etíope en el camino del desierto, tiene derecho a decirte que abandones Samaria y vayas a su encuentro (Hechos 8:26–40). Pero para cada misión que te encarga, Él pone en ti el dinamismo de Su Espíritu para que la lleves a cabo.

    Así es la vida cristiana. Tras reconocer nuestro fracaso a la hora de reflejar Su figura e imagen en el mundo, acudimos a la Cruz en busca de perdón, recibimos el Espíritu Santo y nos incorporamos a Cristo, para convertirnos en instrumentos que manifiesten Su vida y Su propósito. El mundo necesita urgentemente saber esto, pero no tendrá motivos para creerlo si no ve la vida y la manera de ser de Jesucristo plasmadas en nuestra propia vida. ¡Ese es el propósito de Dios con relación a nosotros!  Charles Price[2]

    Únete a la misión del reino de Dios

    Dios te invita a cambiar el mundo con Él. Él tiene un sueño con respecto a este mundo; es lo que Jesús llamó el reino de Dios. Dios te creó para que desempeñaras un papel importante en Su visión sobre este reino. No descubrirás tu propósito más profundo en la vida a menos que encuentres tu lugar en la construcción del reino de Dios.

    Para cambiar el mundo no hace falta que seas inteligente, rico, influyente o un gigante espiritual. Pero sí es preciso que aceptes la invitación. Tienes que estar disponible y dispuesto a ser un instrumento en Sus manos, y es posible que seguir a Jesús tenga un precio para ti, porque cambiar el mundo y seguir a Jesús no es fácil, no viene regalado. Tendrás que hacer sacrificios, siempre es así.

    Nuestra fe cristiana no es solo la vía para obtener el perdón de nuestros pecados y acceder a la vida eterna, que lo es. No es solo un sistema de creencias correctas sobre la verdad suprema y el orden de las cosas, que lo es. Ni es solo una manera de recibir consuelo de Dios en tiempos difíciles, o un código de conducta que sirva para llevar una vida buena y provechosa, que lo es. Básicamente, la fe cristiana es un llamado a […] seguir a nuestro Señor y Salvador Jesucristo y unirnos a Su gran misión en nuestro mundo. […] Solo así nos volvemos personas completas, que vivan de acuerdo con el propósito más profundo de Dios.  Richard Stearns[3]

    Conclusión: Nuestra pauta de vida

    Tal como hemos visto en esta serie sobre discipulado, la Biblia nos enseña qué clase de relación quiere tener Dios con nosotros y cómo podemos vivir de una manera que le agrade. Crecer en la imitación de Cristo y ser transformados en Su imagen es la base para disfrutar de una vida plena y productiva en armonía con Dios y los demás, y produce en ellos y en nosotros el fruto de Su Espíritu (Gálatas 5:22,23). En la Biblia aprendemos verdades que Dios nos ha revelado para que ajustemos a ellas nuestra vida.

    En la Palabra de Dios hallamos los preceptos bíblicos que nos sirven de brújula y nos ayudan a encarar los retos que se nos presentan a diario y a dar un testimonio eficaz de Cristo. Su Palabra transmite principios que son nuestra guía para relacionarnos con los demás y tomar decisiones y nos permiten distinguir entre el bien y el mal. Tales principios espirituales determinan nuestra moral, nuestra ética y nuestra actitud frente a la vida, el amor, el mundo, el medioambiente y las relaciones con nuestros semejantes. Si bien la Biblia no trata todas las situaciones en que podemos encontrarnos, sí nos ofrece los principios para navegar por entre las complejidades de la vida de una forma que agrade a Dios.

    Su Palabra nos enseña a vivir como discípulos amando y sirviendo a nuestros semejantes. Nuestro amor a Jesús nos impulsa a servirlos en Su nombre. Nos motiva a ser embajadores Suyos en cualquier situación en que nos hallemos. Nos induce a prestar asistencia a los desvalidos y ofrecer esperanza y sanación a quienes necesitan lo uno o lo otro. Podemos ser las manos de Jesús, que ayuden y toquen; Su boca, que declare la verdad de Su Palabra y comunique aliento y esperanza; Sus ojos, que expresen compasión; Sus pies, que caminen junto al fatigado; Sus brazos, que lo ayuden a llevar su pesada carga. De este modo, nuestra vida lo glorificará y será una bendición para los demás, tal como ponen de relieve los siguientes artículos.

    Una vida bella

    Cuando la vida de un seguidor de Jesús es tal como Él quisiera que fuera, se vuelve bella. El hecho de ser cristianos y tener una relación con Dios debería impregnar nuestras experiencias cotidianas, estar integrado en nuestras decisiones y brindar color a nuestra percepción de nosotros mismos, de los demás y de la propia vida. Las incontables muestras del amor de Dios que tiene un cristiano para con otras personas en el transcurso de su vida pueden parecer a veces insignificantes en sí mismas. Sin embargo, Dios las ve en el contexto de la totalidad de una vida que lo glorifica, y se complace en su belleza.

    Cuanto más nos proponemos fortalecer nuestra relación con Jesús y más deseamos disfrutar de una profunda conexión espiritual con Él, más puede Él manifestar Su Espíritu a través de nosotros. Somos hechura Suya. Si le permitimos que combine los diversos matices de Su amor y misericordia y desarrolle la belleza de forma que Él siempre quiso que adquiriéramos, nos convertimos en una obra maestra, destinada a hablar al corazón de muchas personas. Acojamos con entusiasmo el preciado don de Su presencia en nuestra vida. Si cultivamos la cautivante belleza del amor de Dios en todo lo que hacemos y decimos, los demás se sentirán atraídos a Él en nosotros.  María Fontaine

    El aroma de Cristo

    El apóstol Pablo escribió que la Iglesia es el olor de Cristo para el mundo: «Para Dios somos grato olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden» (2 Corintios 2:15). Quería decir que cada creyente —y cada comunidad de creyentes— constituye una presencia de Cristo en el mundo que es palpable para los no creyentes. […]

    Pero, ¿cuál es esa fragancia? ¿De qué maneras es de esperar que los demás perciban la presencia de Jesús en nosotros? Principalmente de dos: la verdad del evangelio y el amor de Jesucristo. La verdad de Dios incide en todos los aspectos de la vida humana. Por Su Palabra de verdad en manos de Su Espíritu, Cristo hace nuevas todas las cosas en nosotros (Apocalipsis 21:5). Eso significa que, en cada faceta de nuestra vida —en todas nuestras relaciones, funciones y obligaciones—, los cristianos demostramos una lozanía que no cuadra con el espíritu del mundo, sino con el Espíritu Santo de Cristo. Nuestra conversación es diferente: no está llena de murmuraciones y quejas, trivialidades y frivolidades, críticas y comentarios mezquinos, sino que nuestras palabras son siempre amables y edificantes, respetuosas de las personas con las que hablamos (Colosenses 4:6; Efesios 4:29).

    Lo mismo ocurre con nuestra forma de trabajar, de criar a nuestros hijos, de participar en la cultura de nuestro tiempo y de conducirnos con dignidad y gracia. Somos nuevas criaturas en Jesucristo, por lo que en muchos aspectos no estamos en sintonía con la cultura que nos rodea. Pero al actuar conforme a la verdad en todos los aspectos, introducimos la luz de Jesús y la fragancia de Su visión del mundo en cada rinconcito de nuestra vida.

    Los creyentes debemos hacer un gran esfuerzo por ser la fragancia de Jesús. Si nos empapamos de la Palabra de Dios y vivimos con una actitud de oración […], empezaremos a exhalar el aroma fragante del rey Jesús en más aspectos y ámbitos cotidianos. Propongámonos ser esa fragancia de verdad y amor, y descubriremos que el viento del Espíritu de Dios nos acompaña dondequiera que vamos, llevando el aroma de Jesús hacia todos sin excepción, incluso hacia Dios.  T. M. Moore[4]

    Jesús nos ha confiado la misión de transmitir a nuestros semejantes, a los que conviven hoy con nosotros en este planeta, Su amor personal, incondicional y abarcador. La misión que Él encomienda a Sus discípulos es que lleven el evangelio a todo el mundo. Tu campo de misión es el lugar al que el Señor te ha llamado, cualquiera que sea, y se te pide que sirvas y evangelices a las personas que Él pone en tu camino. Cada uno de nosotros tiene alguna oportunidad, alguna red de contactos, algún ámbito en el que puede comunicar el amor y la verdad de Dios, infundiendo fe, esperanza y ánimo a las personas.

    Que el Señor bendiga tu discipulado y tu servicio a Él, así como tu testimonio ante los demás; de esa manera serás la sal de la tierra y la luz del mundo que Él quiere que seas (Mateo 5:13,14). Jesús dijo: «Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Hacer eso es vivir como discípulos que glorifican a Dios (1 Corintios 10:31).

    Reflexiones

    Ser un discípulo no es participar en un programa o en un evento; es una forma de vivir. No es algo transitorio, sino para toda la vida. El discipulado […] es para todos los creyentes, para cada día de su vida.  Bill Hull

    Todo creyente que se tome en serio su vocación como discípulo de Jesús se verá a sí mismo como un enviado dondequiera que se encuentre y procurará movilizarse para actuar en ese lugar. Tal vez siendo un buen testigo en el trabajo o un buen vecino para quienes viven cerca, o haciendo voluntariado.  Michael Frost y Alan Hirsch

    No permitas que las palabras de Jesús no pasen de ser letras impresas en tu Biblia. Dales alas, ponlas en acción. Hay personas en tu vida que necesitan tu atención. Piensa cómo puedes preocuparte por su bienestar, amándolas y cuidándolas de la misma manera que te amas y cuidas a ti. Al hacer eso, completarás la cadena de amor que se inició la primera vez que Dios te amó.  Karen Ehman

    Qué dice la Biblia

    «El que permanece en Mí y Yo en él, este lleva mucho fruto. Pero separados de Mí nada pueden hacer. En esto es glorificado Mi Padre: en que lleven mucho fruto y sean Mis discípulos» (Juan 15:5; 15:8).

    «De la manera que han recibido a Cristo Jesús el Señor, así anden en Él,firmemente arraigados y sobreedificados en Él, y confirmados por la fe así como han sido enseñados, abundando en acciones de gracias» (Colosenses 2:6,7).

    «Ustedes, queridos hermanos, edificándose sobre la base de su santísima fe y orando en el Espíritu Santo, manténganse en el amor de Dios, mientras esperan que nuestro Señor Jesucristo, en Su misericordia, los lleve a vida eterna» (Judas 1:20,21).

    Oración para vivir cada día como una discípula

    Padre celestial, gracias por salvarme, llamarme y darme un propósito. Eres tan bueno, y Tu gracia me basta. Te ruego que limpies mi corazón de pecado y quites de mi mente las distracciones que hoy intentan apartarme de la comunión contigo. Ayúdame a permanecer en Cristo, a aprender de Él y apoyarme en Él, de manera que viva para Él y encamine a otros hacia Él. Eres digno de toda mi devoción y alabanza. Haz que sea una discípula fiel, que dé fruto y te glorifique cada día. Te lo pido en el poderoso e incomparable nombre de Cristo, mi Rey. Amén[5].

    Traducción: Esteban.



    [1] Scott Montrose, «La vida nos va puliendo», Conéctate, enero de 2021, https://activated.org/es/vida/el-ser-integral/desarrollo-personal/la-vida-nos-va-puliendo/

    [2] Charles Price, Un cristiano de verdad: Cómo llegar a ser más como Cristo.

    [3] Richard Stearns, Por terminar: Creer es solo el principio (Grupo Nelson, 2013).

    [4] T. M. Moore, «The Fragrance of Truth and Love», 29 de enero de 2010.

    [5] Annie McGuire, «What is a disciple of Christ?», Daily His Disciple, 11 de enero de 2022, https://dailyhisdisciple.com/2022/01/11/what-is-a-disciple-of-christ/.

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  • May 26 Vivir como discípulos, 11ª parte: Dar de lo que tenemos
  • Abr 28 Vivir como discípulos, 10ª parte: Nuestra vida laboral
  • Mar 17 Vivir como discípulos, 9ª parte: Formar discípulos
  • Mar 3 1 Corintios: Capítulo 15 (versículos 37-58)
  • Feb 17 Vivir como discípulos, 8ª parte: Transmitir nuestra fe
  • Feb 3 1 Corintios: Capítulo 15 (versículos 20-36)
  • Ene 20 Vivir como discípulos, 7ª parte: Servir a Dios sirviendo al prójimo
  • Dic 16 1 Corintios: Capítulo 15 (versículos 1-19)
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