• La Tierra es del Señor y también todos los que viven en ella.

  • Si puedo hacer algún bien, permíteme hacerlo ahora.

  • Incluso una sola vela puede crear un cambio en la oscuridad.

  • Donde Dios está, hay amor. (1 Juan 4:7-8)

  • Llevar las buenas nuevas. En todo momento.

Áncora

  • Milagros del Maestro

    Peter van Gorder

    [Miracles from the Maestro]

    Se ha dicho que son tres los artistas que nos brindan la música: Dios, que nos da la mágica madera para hacer los instrumentos; el fabricante del instrumento, que tras meses de trabajo despierta la música que habita en la madera; y luego está el maestro musical, que libera la música de los confines de la madera para liberar al oyente.

    Observé de primera mano una ilustración del poder redentor de la música cuando visité una cárcel de mujeres en Uganda. Muchas de las mujeres estaban detenidas por haberse defendido de los abusos violentos por parte de sus esposos, lo que terminó en tragedia. En algunos casos, esas mujeres estaban embarazadas o vivían dentro del penal con sus hijos, ya que no había nadie que pudiera hacerse cargo de ellos.

    Un grupo de amigos voluntarios cristianos y yo fuimos a brindarles a las mujeres un entretenimiento con mensaje mediante música alegre con guitarra, comedia con payasos, un show de magia y una representación teatral interpretada por mí. Mientras buscaba un tema que fuera relevante, me di cuenta al indagar más acerca de esas mujeres que, muchas de ellas, sentían que no tenían valor y que su utilidad en la vida había concluido. Ahora sobrevivían día a día sin esperanza.

    Encontré el conocido poema «El toque del Maestro», escrito en 1921, que me pareció perfecto para la ocasión. El poema es acerca de un violín viejo y venido a menos que subastaron. Al principio solo consigue un precio bajo de solo unos cuantos dólares, pero luego de que un anciano se acercara y tocara el violín, su valor aumentó en varios miles de dólares. ¿Cómo es que el mismo violín cambió de valor de manera tan drástica? Fue el toque del maestro que interpretó una música bellísima[1].

    Esas mujeres, como el viejo violín desvalorizado, eran de sumo valor y todavía podían interpretar música hermosa en sus vidas, si permitieran que el Maestro las tocara. Hicimos el sketch en el idioma local y teníamos un violín de verdad. Yo hacía la mímica de estar tocando el violín al sonido de una grabación hecha por un maestro violinista. Tras unas sencillas instrucciones, la audiencia hizo el papel de la gente que ofertaba por el violín. Después muchas comentaron que la narración les había dado nuevas esperanzas.

    La historia de cómo surgió este poema también es relevante. A la autora, Myra Welsh, le encantaba tocar el órgano cuando era joven pero, debido a una artritis grave, quedó confinada a una silla de ruedas y ya no podía tocar. Cierto día escuchó una charla dada a unos alumnos sobre el poder de Dios para valerse de las personas a pesar de sus impedimentos y debilidades. Ella comentó: «Me llené de tanta luz que lo escribí en 30 minutos.» El hecho de que lo pudiera escribir fue en sí un hecho asombroso. Tuvo que sujetar la punta de un lápiz en sus manos torcidas por la artritis para darle a las teclas de la máquina de escribir con mucho esfuerzo. No obstante, ella agregó: «El gozo de escribir superó el dolor del esfuerzo que hacía.»

    Hasta un viejo violín aparentemente sin valor puede transformar vidas. Algo tan pequeño como unos cuantos panes y peces se puede transformar en un festín para miles de personas gracias al toque de la mano del Maestro, como la vez que Jesús multiplicó los panes y los peces[2]. Moisés descubrió que a pesar de sus limitaciones, algo tan común como un palo puede ser transformado por el Señor en una vara de Dios que obra grandes señales y prodigios[3].

    Dios con frecuencia nos sorprende por la manera en que actúa. Hay muchos músicos famosos que han superado sus aparentes impedimentos, tales como los pianistas ciegos Ray Charles o Stevie Wonder; o consideremos a Itzhak Perlman, el virtuoso y gran violinista ganador de numerosos premios por sus actuaciones, incluyendo cuatro Emmys, que dijo: «Yo quería tocar el violín antes de tener polio, y después, no hubo motivo para no hacerlo.» Él contrajo polio cuando tenía cuatro años, lo cual le impidió el uso de las piernas, mas no de las manos. Convirtió ese impedimento en su mayor activo.

    Uno de los casos más extremos es el de Leslie Lemke, que era ciego, autista, y con daño y parálisis cerebral. No se pudo poner de pie hasta los 12 años y recién a los 15 aprendió a caminar, sin embargo, gracias al gran amor de sus padres y con muchos milagros se convirtió en un gran pianista[4].

    Me pareció que sería bueno escuchar una experiencia de primera mano sobre este tema y me acordé de mi amigo Steven Gilb, músico invidente y escritor consumado. Él me dijo: «El valor de lo que tenemos depende de cómo lo usemos, sin importar lo mucho o poco que parezca a primera vista. Yo puedo afirmar que nunca sentí que fuera ese violín carente de valor, pues he descubierto el gozo de utilizar cualquier talento que tenga.

    »Soy una prueba viviente del hecho de que Dios es capaz de tomar cosas en apariencia inservibles, como nuestras tendencias más molestas, y convertirlas en nuestras mejores destrezas.

    »Yo tenía pasión por la música desde que era niño; a los dos años hacía percusión con las manos sobre todo lo que encontraba. Si bien a otros les molestaba, mis padres intuyeron mi interés por la música y con el tiempo me consiguieron un par de bongos. Ahora toco la batería y otros instrumentos, y Dios se vale de estos dones para Su gloria.»[5]

    Estos relatos nos deberían animar, ya que si otras personas pudieron superar semejantes retos, nosotros también podemos. Debemos dar la bienvenida al toque del Maestro en nuestra vida diaria para que nosotros también podamos interpretar una música hermosa.

    El toque del Maestro

    «Un viejo violín, maltrecho y golpeado…
       ¡No vale la pena!», pensó el subastador.
    Lo alzó, sin embargo, con una sonrisa,
       por si acaso surgía algún comprador.
    «¿Cuánto me dan por él, señores?
       ¿Quién hará la primera oferta?
    ¿Diez solamente? ¡Veinte por aquí!
       ¿No hay quien pague treinta?

    »Treinta a la una… treinta a las dos…
       ¡señores, la oferta llega a su fin…!»
    En ésas se acercó un hombre mayor
       y tomó en sus manos arco y violín.
    Limpió el polvo del viejo instrumento.
       Tensó las cuerdas y comenzó a tocar
    una melodía dulcísima, de esas que
       atrapan y tienen virtud de hechizar.

    Cesó la música y el subastador, alzando el violín
       dijo esta vez con voz suave y profunda:
    «¿Y ahora, señores, cuánto me ofrecen?
       ¿Quién hará una nueva postura?
    »¡Mil!... ¿Quién me ofrece dos?
       Dos mil… ¡en tres lo liquido!
    Tres mil a la una… tres mil a las dos…
       ¡en tres mil queda vendido!»

    Se oyeron aplausos, pero algunos decían:
       «¿A qué viene esto?,
    ¿qué le dio tanta valía?»
       «El toque del Maestro».
    Al igual que aquel viejo violín,
       destemplada por la vida y el pecado,
    más de un alma golpeada y maltrecha
       se remata a precio rebajado.

    Mas la masa ignorante no entiende
       cuán alto es el precio de un alma,
    ni la transformación que en ella se obra
       cuando el Maestro llega a tocarla.
    ¡Oh, Maestro!, destemplada estoy.
       Pon Tu mano sobre mí.
    ¡Que tu toque haga vibrar mi corazón
       con una melodía para Ti!


    [1] Pueden ver una breve dramatización de esta historia en este enlace y una canción en este enlace [ambas en inglés].

    [2] V. Mateo 15.

    [3] V. Éxodo 4.

    [4] En este video encontrarán la historia de su vida [en inglés].

    [5] En este enlace pueden escuchar sobre Steve. Ver los programas 132 y 200 [en inglés].

     

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Rincón de los Directores

  • Jesús, Su vida y mensaje: ¿Eres el Cristo?

    [Jesus—His Life and Message: Are You the Christ?]

    El Evangelio de Juan narra que Jesús asistió a una fiesta religiosa en la que Sus adversarios le exigieron que les dijera si Él era el Mesías. Su respuesta casi le costó la vida.

    Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el Templo por el pórtico de Salomón[1].

    En la fiesta de la Dedicación (también conocida como Janucá) se conmemora un hecho de la historia judía que tuvo lugar en el año 164 a. C. En aquel tiempo, Israel estaba bajo el dominio de Antíoco IV Epífanes, rey del Imperio seléucida. Antíoco IV profanó el Templo al ofrecer a Zeus en sacrificio, en el altar del Templo, un cerdo, considerado un animal impuro en la ley judía. Eso dio lugar a una rebelión judía liderada por los macabeos (los cinco hijos de un sacerdote judío llamado Matatías) que terminó derrotando a los seléucidas. Tras esa victoria, el Templo fue purificado, restaurado y rededicado.

    La Dedicación es una fiesta anual de ocho días para conmemorar esa purificación. Durante las celebraciones, Jesús pasó caminando por el pórtico de Salomón. Un pórtico es una estructura cubierta sostenida por columnas; este por lo visto se extendía a lo largo del costado oriental del Templo. Era seguramente donde los maestros judíos, como los escribas, daban sus clases. Es probable que Jesús fuera allí para enseñar o para suscitar un intercambio de ideas.

    Mientras Jesús caminaba, un grupo de personas, probablemente escribas o fariseos, o una combinación de ambos, lo rodeó, quizá con intenciones hostiles.

    Lo rodearon los judíos y le dijeron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si Tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente»[2].

    Su pregunta sobre la identidad de Jesús nos recuerda otras frases y preguntas similares que hay en este evangelio. Por ejemplo:

    Algunos de la multitud […] decían: «Verdaderamente este es el Profeta». Otros decían: «Este es el Cristo». Pero algunos decían: «¿De Galilea ha de venir el Cristo?»[3]

    Entonces algunos de los fariseos decían: «Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el sábado». Otros decían: «¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales?» Y había división entre ellos[4].

    Los que rodearon a Jesús querían una respuesta clara sobre quién era Él, no una metáfora como las que consta en este evangelio que Él utilizaba, diciendo que Él era el pan, la luz, el pastor o la puerta[5].

    Jesús les respondió: «Os lo he dicho, y no creéis. Las obras que Yo hago en nombre de Mi Padre, ellas dan testimonio de Mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de Mis ovejas»[6].

    En rigor, Jesús no les había dicho explícitamente a los que le hicieron la pregunta que Él era el «Mesías —que significa “Cristo”—»[7]. En este punto del Evangelio de Juan, solo se lo había dicho a la samaritana.

    Le dijo la mujer: «Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando Él venga nos declarará todas las cosas». Jesús le dijo: «Yo soy, el que habla contigo»[8].

    Sin embargo, acto seguido Jesús declara que las obras (milagros) que Él hace en nombre de Su Padre dan testimonio de Él y de Su identidad. Esas obras las ha hecho conforme a la voluntad del Padre y de acuerdo con todo lo que Él representa. Como las ha hecho en nombre del Padre, son obras del Padre. Seguidamente explica el motivo de la incredulidad de las personas que le han hecho la pregunta: «Porque no sois de Mis ovejas». Jesús se remite a lo que ha dicho en la primera parte de este capítulo, donde habla de las ovejas que entran en el redil y que oyen y conocen la voz del pastor[9]. Aquí Jesús aclara que oír la voz del pastor significa creer. Los que se niegan a creer no son Sus ovejas, no forman parte de Su rebaño.

    Mis ovejas oyen Mi voz y Yo las conozco, y me siguen; Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de Mi mano[10].

    Antes, en este mismo capítulo, Jesús ha dicho que las ovejas oyen la voz del pastor, el cual «a sus ovejas llama por nombre y las saca. […] Y las ovejas lo siguen porque conocen su voz»[11]. Las ovejas de Cristo oyen Su voz y lo siguen, y además está la maravillosa garantía del «Yo las conozco». A eso se suma la promesa de vida eterna y seguridad eterna al cuidado del Pastor.

    Mi Padre, que me las dio, mayor que todos es, y nadie las puede arrebatar de la mano de Mi Padre. El Padre y Yo uno somos[12].

    Hasta ese punto, Jesús ha hablado de Sus discípulos con relación a Él: «Mis ovejas oyen Mi voz», «Me siguen», «Yo les doy vida eterna», «Nadie las arrebatará de Mi mano»[13]. Ahora aclara que esas ovejas —Sus discípulos— se las ha dado Su Padre. Por ser quien es el Padre, Su regalo «mayor que todos es» también. Ese regalo de Dios son las personas que creen en Jesús.

    Al afirmar: «Nadie arrebatará [las ovejas] de Mi mano», y seguidamente decir: «Nadie las puede arrebatar de la mano de Mi Padre», Jesús indica que Sus manos y las de Su Padre realizan la misma labor de proteger el rebaño. A continuación, lo recalca diciendo: «El Padre y Yo uno somos»[14]. Esa declaración es similar a algo que dice en un pasaje anterior de este evangelio: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo trabajo»[15].

    Los que lo escuchaban consideraron que había dicho una blasfemia, por lo que «volvieron a tomar piedras para apedrearlo»[16], como cuenta este evangelio que ya habían hecho cuando Jesús dijo:

    «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuera, Yo soy.» Tomaron entonces piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió del Templo[17].

    Esta vez, en vez de marcharse, Jesús se quedó y les respondió.

    Jesús les respondió: «Muchas buenas obras os he mostrado de Mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?» Le respondieron los judíos, diciendo: «Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia, porque Tú, siendo hombre, te haces Dios»[18].

    Jesús no basó Su respuesta en lo que Él mismo había dicho de que «el Padre y Yo uno somos»,sino que señaló las muchas buenas obras que había realizado e hizo hincapié en que eran obras del Padre. Sin embargo, Sus acusadores insistieron en la blasfemia que según ellos había dicho al declarar: «El Padre y Yo uno somos».

    Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: “Yo dije, dioses sois”? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: “Tú blasfemas”, porque dije: “Hijo de Dios soy”?»[19]

    Jesús respondió a Sus interlocutores dirigiendo su atención hacia la Ley, y en particular el Salmo 82:6, que reza: «Yo dije: “Vosotros sois dioses y todos vosotros hijos del Altísimo”». Ese pasaje del Antiguo Testamento alude a los jueces de Israel, y se les aplica el apelativo de «dioses» por la importancia de su cargo.

    Como la Escritura llama dioses a esos hombres, Jesús les preguntó cómo podían ellos afirmar legítimamente que Él blasfemaba por haber dicho que era el Hijo de Dios. Empleó el argumento de que, si los Salmos aplican el término dioses a hombres, con mucha más razón debería aplicársele a Él que había sido santificado por el Padre. Aunque Jesús era un ser humano, era más que eso, era alguien «al que el Padre santificó y envió al mundo».

    Si no hago las obras de Mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, aunque no me creáis a Mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en Mí y Yo en el Padre[20].

    Jesús puso de relieve las obras que había hecho y declaró que deberían servir de criterio para juzgarlo. Si no hacía las obras de Su Padre, no deberían creer o confiar en Él. Pero si las estaba haciendo, la situación era muy distinta. Aunque no estuvieran preparados para creer en Él, al menos deberían dar crédito a los milagros que había hecho.

    En la frase «para que conozcáis y creáis», el texto original emplea el mismo verbo griego, en dos tiempos distintos, para decir conozcáis y creáis. La primera vez, conozcáis, el verbo está en aoristo, con el sentido de «para que lleguéis a saber»; la segunda, creáis, está en infinitivo, y expresa la idea de «continuar sabiendo». Jesús quería que entendieran un nuevo concepto y que se les quedara grabado permanentemente en la mente. Lo que quería que entendieran era la inexistencia mutua (o existencia del uno en el otro) del Padre y del Hijo. Las obras/milagros que había hecho Jesús no podían haber sido realizadas por un simple hombre actuando por su cuenta. Él era capaz de obrar milagros porque el Padre estaba en Él, y Él en el Padre.

    Intentaron otra vez prenderlo, pero Él se escapó de sus manos[21].

    En un pasaje anterior de este evangelio, los judíos ya habían intentado arrestar a Jesús[22]. En aquella ocasión, el intento de detención había sido una intervención oficial de «los fariseos» con un grupo de guardias[23]. En esta ocasión, parece ser más bien una acción de una turba, ya que antes de que Jesús se dirigiera a Sus interlocutores estaban listos para apedrearlo, y luego cambiaron de opinión y decidieron detenerlo.

    Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde primero había estado bautizando Juan, y se quedó allí. Muchos acudían a Él, y decían: «Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad». Y muchos creyeron en Él allí[24].

    Jesús sabiamente se marchó de Jerusalén y huyó al otro lado del río Jordán para ponerse a salvo de los que querían arrestarlo. Sin embargo, ese cambio de situación no puso fin a Su ministerio ni lo frenó. Aunque ya no estaba en Jerusalén, la gente salía a buscarlo al otro lado del río Jordán.

    La gente que acudía a Él se acordaba de Juan el Bautista, de su mensaje y del testimonio que había dado de Jesús.

    Juan testificó de Él diciendo: «Este es de quien yo decía: “El que viene después de mí es antes de mí, porque era primero que yo”. […] Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que viene después de mí, […] del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado»[25].

    A diferencia de los que vivían en Judea y rechazaron a Jesús, muchos de los habitantes de Perea, en la ribera oriental del río Jordán, lo recibieron y aceptaron Su mensaje.


    Nota

    A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


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    [1] Juan 10:22,23.

    [2] Juan 10:24.

    [3] Juan 7:40,41.

    [4] Juan 9:16.

    [5] Juan 16:25,29.

    [6] Juan 10:25,26.

    [7] Juan 1:41.

    [8] Juan 4:25,26.

    [9] Juan 10:1–4.

    [10] Juan 10:27,28.

    [11] Juan 10:3,4.

    [12] Juan 10:29,30.

    [13] Juan 10:26–28.

    [14] Juan 10:30.

    [15] Juan 5:17.

    [16] Juan 10:31.

    [17] Juan 8:58,59.

    [18] Juan 10:32,33.

    [19] Juan 10:34–36.

    [20] Juan 10:37,38.

    [21] Juan 10:39.

    [22] Juan 7:30.

    [23] Juan 7:32–36,45–47.

    [24] Juan 10:40–42.

    [25] Juan 1:15,26,27.

     

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Más como Jesús
El desarrollo en nosotros de los rasgos de Cristo.
Revisión del equilibrio de vida
Cultivar y practicar una vida sana y equilibrada.