• Si puedo hacer algún bien, permíteme hacerlo ahora.

  • Llevar las buenas nuevas. En todo momento.

  • Oren sin cesar. Den gracias en todo.

  • Su alegría. Nuestra fuerza.

  • Donde Dios está, hay amor. (1 Juan 4:7-8)

Áncora

  • El pan de vida

    Peter Amsterdam

    [The Bread of Life]

    En el capítulo 6 de Juan se narra que Jesús dio de comer pan y pescado a cinco mil personas. Después de eso se retiró solo a un monte, mientras los discípulos se montaban en una barca y zarpaban hacia Capernaúm. Tras remar tres o cuatro millas, se encontraron con que ya había oscurecido, y el lago estaba agitado a causa del viento, con lo que les costaba avanzar. Entonces vieron a Jesús acercarse caminando sobre el agua. Lo recibieron en la barca e inmediatamente después llegaron a tierra.

    Al día siguiente, cuando algunos de los que habían comido pan y pescado se dieron cuenta de que Jesús no estaba, entraron en las barcas y fueron a Capernaúm, buscando a Jesús. Y hallándolo al otro lado del mar, le preguntaron: «Rabí, ¿cuándo llegaste acá?» Respondió Jesús y les dijo: «De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis»[1].

    Teniendo en cuenta que la muchedumbre había querido hacerlo rey después de comer el pan que Él había provisto, no es de extrañar que al día siguiente lo buscaran. Jesús no contestó su pregunta, sino que sacó a la luz sus motivos. No estaban interesados en el sentido del milagro que Él había obrado, ni en Su identidad; solo les importaba el hecho de que Él les había dado pan. Un comportamiento parecido tenía la gente con los emperadores romanos de la época. «Los emperadores romanos y otros políticos apaciguaban al pueblo regalándole comida. Al igual que los clientes romanos, la gente se unía al séquito de Jesús solo para recibir comida gratis»[2].

    Jesús añadió: Trabajen, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el cual el Hijo del Hombre les dará, porque a Él es a quien el Padre, Dios, ha marcado con Su sello[3]. En la Antigüedad los sellos tenían diferentes usos, y los gobernantes ocasionalmente entregaban su sello a alguien a quien le encargaban que actuara en nombre suyo. Este pasaje da a entender que el Padre había validado a Jesús por medio de las señales y milagros que Él hacía. Existe otra interpretación, que corresponde a la forma en que viene traducida esta frase en algunas biblias: «Sobre este ha puesto Dios el Padre Su sello de aprobación».

    «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras que Dios exige?», le preguntaron. «Esta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien Él envió», les respondió Jesús[4]. Como Jesús les había dicho que trabajaran por la comida que permanece para vida eterna, querían saber cómo definía Él el trabajo. En la tradición judía, las obras no se separaban de la fe, ya que la fe se entendía con frecuencia como una obra entre muchas más. Pero aquí Jesús definió la fe de otra manera: dijo que la obra que era necesaria para alcanzar la vida eterna era creer en Él.

    Entonces le dijeron: «¿Qué señal, pues, haces Tú, para que veamos y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”»[5].

    Es bastante curioso que aludan a la señal del maná que Dios dio a los hebreos en el desierto cuando justo el día anterior Jesús había multiplicado cinco panes para alimentar a cinco mil personas. Al pedir una señal para poder creer demuestran que en realidad no les interesa ver y creer, sino tan solo que les regalen más comida.

    Y Jesús les dijo: «De cierto, de cierto os digo: Moisés no os dio el pan del cielo, pero Mi Padre os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo»[6]. Jesús les recordó que no había sido Moisés, sino Dios quien les había enviado el maná en el desierto. El maná no era el «verdadero pan» del Cielo, sino una imagen terrenal y material de ese pan. Mantuvo vivo al pueblo de Dios durante cuarenta años, y sirvió también para prefigurar el «pan de Dios», que da «vida al mundo».

    Le dijeron: «Señor, danos siempre este pan». Jesús les respondió: «Yo soy el pan de vida. El que a Mí viene nunca tendrá hambre, y el que en Mí cree no tendrá sed jamás»[7].

    Los que lo oyeron entendieron que el pan era una metáfora para referirse a un don divino. Comenzaron a darse cuenta de que Jesús, de alguna manera, les ofrecía vida, incluso vida eterna, puesto que antes les había dicho que no trabajaran por el alimento que perece, sino «por el alimento que permanece para vida eterna». Habiendo dicho a los oyentes que trabajaran por «el alimento que permanece para vida eterna», ahora está diciendo que Él es la senda que conduce a esa vida. Jesús es el pan que da esa vida. En cierto modo, eso traslada el énfasis de lo que Él hace a quién es.

    Por otra parte, en el momento en que dijo que Él era el pan, algunos claramente no le creyeron[8]. La gente ha pedido una señal, y Jesús responde que Él es la señal. Declara explícitamente haber descendido del Cielo y que Su propósito es hacer la voluntad de Su Padre.

    Murmuraban entonces de Él los judíos, porque había dicho: «Yo soy el pan que descendió del cielo», y decían: «Este, ¿no es Jesús el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo dice ahora: “Del cielo he descendido”?»[9]

    Los que lo oyen comienzan a murmurar entre sí, probablemente porque están confusos o no se ponen de acuerdo sobre lo que Él ha querido decir. Como conocen a sus padres, les cuesta aceptar que Él haya descendido del Cielo.

    Jesús respondió y les dijo: «No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a Mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae; y Yo lo resucitaré en el día final»[10].

    Antes ha dicho: Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí[11]. Aquí dice lo mismo pero con mayor contundencia: Nadie puede acercarse a Él como no sea que el Padre lo atraiga. Una persona es atraída a Jesús cuando es enseñada por Dios, cuando oye el llamado divino y responde.

    De cierto, de cierto os digo: El que cree en Mí tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida[12]. Esta es la tercera frase de este capítulo que comienza por «de cierto, de cierto». Está haciendo una promesa solemne de que todo el que cree tiene vida eterna, porque Él es el pan de vida.

    Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y aun así murieron. Este es el pan que desciende del cielo para que no muera quien coma de él. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo daré es Mi carne, la cual Yo daré por la vida del mundo[13].

    Antes la muchedumbre ha hablado del maná e indicado que le gustaría ver un milagro similar. Por eso Jesús dice: «Yo soy el pan de vida». Habiendo dicho eso, alude a las limitaciones del maná. Si bien era alimento enviado por Dios, debía comerse en el mismo día en que se recogía, ya que al día siguiente lo que hubiera sobrado estaba podrido. Sirvió para mantener vivos a los israelitas, pero en su momento ellos igual se murieron. En cambio, los que coman del pan que dice Jesús no morirán. En la frase «para que no muera quien coma de él», el tiempo del verbo griego traducido como «coma» se refiere a una acción que no es preciso realizar sino una vez; o sea, que cualquiera que pruebe este pan una sola vez nunca morirá.

    Ya que no se trata de comida normal y corriente, ¿cómo se come? La respuesta, por supuesto, es creyendo, tal como Jesús ya ha explicado: «De cierto, de cierto os digo: El que cree en Mí tiene vida eterna». Ese concepto de que el acto de creer o tener fe es similar al de comer nos permite captar mejor lo que significa creer. Al creer en algo, participamos de ello y lo absorbemos como quien ingiere un alimento, con lo que se convierte en parte de nosotros. Los que ingieren a Jesús nunca morirán.

    Lo que dijo Jesús de que ese pan era Su carne, Su cuerpo, fue una declaración desconcertante; y más aún cuando anunció que se entregaría a Sí mismo —que daría Su propio cuerpo, Su propia carne— «por la vida del mundo». Los que lo estaban escuchando no sabían que Jesús se refería a Su muerte por la salvación del mundo.

    Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres, que comieron el maná y murieron; el que come este pan vivirá eternamente[14].

    El «pan de vida» que desciende «del cielo» no es como ningún pan terrenal. Los que coman este pan, los que den cabida a Jesús en su vida, aunque sufran una muerte física no conocerán la muerte espiritual. Como Jesús ya ha dicho en este capítulo:

    La voluntad del Padre, que me envió, es que no pierda Yo nada de todo lo que Él me da, sino que lo resucite en el día final. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna; y Yo lo resucitaré en el día final[15].

    Todos los que hemos gustado el pan de la vida eterna, compartámoslo diligentemente con los demás.

    Artículo publicado anteriormente en enero de 2018. Pasajes seleccionados y publicados de nuevo en diciembre de 2020.


    [1] Juan 6:24-26.

    [2] Keener, The Gospel of John, A Commentary, Volume 1 (Grand Rapids: Baker Academic, 2003), 676.

    [3] Juan 6:27 (NBLH).

    [4] Juan 6:28,29 (NVI).

    [5] Juan 6:30,31.

    [6] Juan 6:32,33.

    [7] Juan 6:34,35.

    [8] Juan 6:36-40.

    [9] Juan 6:41,42.

    [10] Juan 6:43,44.

    [11] Juan 6:37.

    [12] Juan 6:47,48.

    [13] Juan 6:49-51.

    [14] Juan 6:58.

    [15] Juan 6:39,40.

     

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Rincón de los Directores

  • Vivir el cristianismo: Los Diez Mandamientos (Contentamiento)

    [Living Christianity: The Ten Commandments (Contentment)]

    (Partes de este artículo provienen del libro The Doctrine of the Christian Life de John M. Frame[1].)

    El décimo mandamiento destaca sobre los demás por cuanto se centra en nuestros pensamientos y deseos íntimos en lugar de enfocarse en los actos pecaminosos. Por ejemplo, mientras que el octavo mandamiento prohíbe el acto de robar, el décimo prohíbe el deseo de robar. El término empleado para expresar ese deseo es codiciar. Codicia significa «el deseo excesivo (desordenado, desmedido) de tener lo que pertenece a otro»[2]. Cuando albergamos un fuerte deseo de poseer algo que pertenece a otra persona pecamos de codicia.

    Este mandamiento se cita dos veces en el Antiguo Testamento. En el libro del Éxodo leemos:

    No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo[3].

    El libro de Deuteronomio establece:

    Ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su campo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo[4].

    Hoy en día la gente no suele codiciar el buey o el asno de su vecino, pero sí codicia los trabajos, los sueldos, las cuentas bancarias, los bienes materiales, los cónyuges o la condición social o laboral de los demás. Todo esto cabe dentro de la cláusula ni cosa alguna que sea de tu prójimo. Codiciamos cuando, descontentos con nuestra situación material, envidiamos lo que poseen otros. La codicia es el deseo de poseer lo que tiene otra persona, lo cual nos produce insatisfacción y nos induce a basar nuestra felicidad y contentamiento en la obtención de esas cosas.

    A lo largo del Nuevo Testamento se encuentran advertencias contra la codicia y la avaricia[5]. Jesús nos alertó sobre ello:

    Decía que lo que sale del hombre, eso contamina al hombre, porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos […], las avaricias […]. Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre[6].

    Y les dijo: —Miren, guárdense de toda codicia, porque la vida de uno no consiste en la abundancia de los bienes que posee[7].

    En la Epístola a los Romanos, Pablo incluye la codicia en la lista de los pecados de los incrédulos.

    Y como no tienen interés en conocer a Dios, es Dios mismo quien los deja a merced de una mente pervertida que los empuja a hacer lo que no deben. Rebosan injusticia, perversidad, codicia...[8]

    En la Epístola a los Colosenses, escribió:

    Hagan morir lo terrenal en sus miembros: […] la avaricia, que es idolatría[9].

    Por nuestra condición de seres humanos, todos abrigamos sueños y deseos infundidos por Dios que resultan perfectamente legítimos. No tiene nada de inmoral, impío o pecaminoso imponerse metas económicas o de otra índole y esforzarse por alcanzarlas para disfrutar de una vida mejor. No está mal trabajar para comprarse una casa o un nuevo auto, estudiar para obtener un título o ahorrar dinero para satisfacer alguna necesidad futura. Sin embargo, sí es pecado cuando se desean las cosas que pertenecen a otros, ya si se trata de algo que poseen físicamente o ya de su posición, sus relaciones o sus dones y aptitudes particulares.

    En la Escritura hallamos ejemplos de codicia que llevaron a las personas a obtener ilícitamente los objetos que anhelaban. En el libro de Josué leemos que Acán, por codicioso, desobedeció el mandato de no tomar nada de la ciudad de Hai.

    Acán respondió a Josué diciendo: —Verdaderamente yo he pecado contra el SEÑOR Dios de Israel, y he hecho así y así: Vi entre el botín un manto babilónico muy bueno, dos kilos de plata y un lingote de oro de medio kilo de peso, lo cual codicié y tomé. Todo ello está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero está debajo de ello[10].

    El rey David codició a Betsabé, la esposa de Urías —uno de sus soldados—, cuando desde la azotea del palacio la vio tomando un baño. Codició a la mujer de su prójimo, lo que lo llevó a cometer adulterio con ella y dejarla embarazada. Seguidamente, para ocultar su pecado, David dispuso que Urías fuese destinado al frente mismo de la batalla, donde la pelea era más recia, y que los soldados que estuvieran cerca de él se retiraran de modo que muriera en combate[11].

    Aunque la codicia no derive en una acción externa como se describe en los ejemplos anteriores, sí es una importante causa de infelicidad. Provoca que nos comparemos con los demás y produce insatisfacción, lo que puede generar un intenso deseo de tener los bienes ajenos; a saber, su trabajo, dinero, casa, auto, cónyuge, etc. La codicia puede inducirlo a uno a valorarse a sí mismo según sus posesiones; la Escritura, en cambio, expresa claramente que nuestra vida y nuestra valía como seres humanos no dependen de lo mucho o lo poco que poseamos.

    El antídoto de la codicia es el contentamiento: hallar satisfacción y felicidad en cualquier situación en la que nos encontremos. El apóstol Pablo escribió:

    Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento, porque nada hemos traído a este mundo y, sin duda, nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos ya satisfechos; pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas que hunden a los hombres en destrucción y perdición, porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron atormentados con muchos dolores. Pero tú, hombre de Dios, huye de estas cosas y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos[12].

    El apóstol Pablo experimentó situaciones tanto de abundancia como de necesidad económica. Lo expresó así:

    He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece[13].

    Contentarse significa agradecer al Señor por lo que tenemos en lugar de quejarnos de lo que nos falta. Al igual que el apóstol Pablo, es importante que aprendamos a contentarnos sea cual sea la situación en que nos encontremos. Ahora bien, contentarnos con nuestra situación actual tampoco significa que no podamos hacer progresos para mejorarla.

    Moralmente hablando, no está mal que el éxito de otra persona nos impulse a actuar para mejorar nuestra vida. Sucede con frecuencia que los logros de otros nos motivan y nos hacen ver que nosotros también podemos hacer progresos y alcanzar objetivos que valen la pena en algún aspecto de nuestra existencia. Eso no es sinónimo de codicia, toda vez que no implica un deseo de arrebatar algo que pertenece a otro. Se trata más bien de que el ejemplo de alguien nos incite a poner de nuestra parte para conseguir objetivos legítimos y perfeccionarnos en algún aspecto.

    La fórmula para combatir la codicia es confiar en que Dios proveerá para nuestras necesidades y tener fe en Sus promesas. La Escritura nos enseña y la experiencia reafirma Su promesa de que Él nos cuidará.

    Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré»[14].

    A los cristianos Jesús nos llama a no afanarnos diciendo: «¿Qué comeremos?» o «¿Qué beberemos?» o «¿Con qué nos cubriremos?» Porque los gentiles buscan todas estas cosas, pero el Padre de ustedes que está en los cielos sabe que tienen necesidad de todas estas cosas. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Así que, no se afanen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán. Basta a cada día su propio mal[15].

    La codicia en última instancia tiene que ver con nuestra relación con Dios. ¿Confiamos en que Él nos ama, vela por nosotros y quiere de corazón para nosotros lo que más nos conviene? De ser así, ¿estamos dispuestos a aceptar lo que nos ha suministrado y lo que no nos ha suministrado, y así y todo estar contentos y agradecidos?

    Como cristianos es importante recordar que Jesús renunció a todo para traernos salvación.

    Conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, por amor de ustedes se hizo pobre para que ustedes con Su pobreza fueran enriquecidos[16].

    Jesús no permitió que la posición que tenía en el cielo le impidiera sacrificarlo todo con tal de redimirnos. Asimismo, cada uno de nosotros debe seguir Su ejemplo expresando gratitud a Dios por suplir todo lo que nos hace falta y siendo generosos con los demás.


    Nota

    A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de las versiones Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995, y Reina Valera Actualizada (RVA-2015), © Editorial Mundo Hispano. Utilizados con permiso.


    [1] Frame, John, The Doctrine of the Christian Life (Phillipsburg: P&R Publishing), 2008.

    [2] Diccionario enciclopédico de Biblia y teología.

    [3] Éxodo 20:17.

    [4] Deuteronomio 5:21.

    [5] Afán desmedido de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. (DRAE)

    [6] Marcos 7:20–23.

    [7] Lucas 12:15.

    [8] Romanos 1:28,29 (BLPH).

    [9] Colosenses 3:5.

    [10] Josue 7:20,21.

    [11] 2 Samuel 11:1–27.

    [12] 1 Timoteo 6:6–12.

    [13] Filipenses 4:11–13.

    [14] Hebreos 13:5 (NVI).

    [15] Mateo 6:31–34.

    [16] 2 Corintios 8:9.

     

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