• Llevar las buenas nuevas. En todo momento.

  • Incluso una sola vela puede crear un cambio en la oscuridad.

  • La Tierra es del Señor y también todos los que viven en ella.

  • Oren sin cesar. Den gracias en todo.

  • La alabanza es la esencia de la adoración a Dios.

Áncora

Devocionales presentados de forma sencilla

  • Dar a Dios y a Su obra

    Tesoros

    [Giving to God and His Work]

    La Biblia habla de un hambre terrible que hubo en tiempos de Elías, y de una pobre viuda de la ciudad de Sarepta que salió a recoger un par de leños para hacer un fuego y cocinar una última torta para su hijo y para ella antes de dejarse morir de hambre. Pero vino el profeta de Dios, Elías, y le dijo: «Hazme a mí primero una pequeña torta, y después para ti y para tu hijo. Y la harina de la tinaja no escaseará, y el aceite de la vasija nunca se acabará». Y eso fue exactamente lo que ocurrió (1 Reyes 17:10-16).

    Aquella pobre viuda dio prioridad a Dios, primero le dio de comer a Su profeta y cuidó de él, y sobrevivió milagrosamente a tres largos años de hambruna. La harina de su tinaja nunca escaseó y el aceite de su vasija nunca se acabó. Durante tres años de hambre, ella y su hijo comieron de la misma tinaja de harina y de la misma vasija de aceite.

    En ocasiones, podemos sentirnos como la viuda de Sarepta y pensar que no tenemos suficiente para dar a otros. Pero debemos confiar en que Dios nos bendecirá si le damos a Él y a Su obra, aun de lo poco que tenemos.

    El Nuevo Testamento cuenta un relato similar sobre otra pobre viuda: «Jesús se sentó frente al lugar donde se depositaban las ofrendas, y estuvo observando cómo la gente echaba sus monedas en las alcancías del Templo. Muchos ricos echaban grandes cantidades. Pero una viuda pobre llegó y echó dos moneditas de muy poco valor.»

    Cuando Jesús vio el accionar de aquella viuda, llamó a Sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta viuda pobre ha echado en el tesoro más que todos los demás. Porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento» (Marcos 12:41-44).

    Lo más probable es que el Templo no necesitara la ofrenda de aquella viuda pobre, pero Dios honró su sacrificio de igual manera. Puedes tener la certeza de que, al dar a Dios, Él bendecirá tu generosidad. Si el motivo por el que das es correcto y tus intenciones son buenas, Dios siempre te bendecirá por dar.

    Había en San Francisco una lavandera cristiana llamada Sofía que vivía alabando al Señor a pesar de lo mucho que trabajaba. Cierta vez se encontró en el tranvía con una señora a quien conocía y le dijo:

    —¿A que no sabe dónde he estado hace poco? He estado en China, en la India y en las islas de Oceanía.

    La señora la miró un poco extrañada porque sabía que Sofía jamás había salido de la ciudad siquiera. Es más, ¡era tan pobre que casi ni se podía permitir tomar el tranvía! De modo que repuso:

    —¿Cómo dices, Sofía? ¡Pero si nunca has salido de San Francisco!

    Y Sofía continuó:

    —Ese dinero que gano lavando ropa es mi sangre, sudor y lágrimas; mi esfuerzo. Es una parte de mí, y como se lo di a misioneros, ha estado por todo el mundo predicando el Evangelio.

    El dinero que se envía para mantener la obra de Dios y a Sus misioneros es una extensión de quien lo envía. Envías una parte de ti mismo en forma de donativos a las obras de Dios. Si no puedes ir a las misiones, puedes dar a las misiones. La responsabilidad de los hijos de Dios que no predican el Evangelio a toda criatura en persona es mantener a los que sí lo hacen. Es invertir su dinero en almas y dividendos eternos, y si lo haces, Dios te bendecirá. «Buscad primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).

    Leemos sobre ese principio en la historia que contó Jesús del buen samaritano que encontró tirado en el camino a un hombre a quien unos ladrones habían golpeado y despojado de sus pertenencias. El buen samaritano lo recogió, lo subió a su montura y lo llevó a un mesón. Allí le dijo al mesonero: «Todo lo que gastes, yo te lo pagaré» (Lucas 10:30-37).

    El buen samaritano simboliza al Señor, y el mesonero vendría a ser Su administrador, Sus seguidores. Todo cuanto gastemos para ayudar a las personas y llevarles la salvación, ¡Él nos lo pagará con creces! Todo lo que demos para Dios y Su obra —ya sea nuestro tiempo, nuestro dinero o nuestros recursos— en realidad no será ningún sacrificio, sino una inversión en Su reino, y los beneficios serán mucho mayores que todo lo que hayamos gastado.

    David Livingstone (1813-1873), el misionero británico que exploró las selvas africanas y murió allí de rodillas, dijo en cierta ocasión:

    Las personas hablan del sacrificio que he hecho al pasar tantos años de mi vida en África. […] ¿Se puede llamar sacrificio a lo que produce bendita recompensa en actividad sana, la conciencia de hacer el bien, paz mental y la esperanza de un destino glorioso en el más allá? ¡Rechacemos esa palabra en ese contexto y siguiendo ese pensamiento! De manera enfática, no es un sacrificio. Digamos en cambio que ha sido un privilegio… Nunca he hecho un sacrificio.

    David Livingstone nunca pudo dar más de lo que Dios le dio. Y aunque entregó su vida, cosechará dividendos eternos en forma de almas inmortales que se acercaron a Cristo.

    A medida que inviertes tu vida, tu tiempo y tu dinero en Cristo Jesús y en la obra de Dios, recibirás dividendos eternos que nunca perderás, sino que los percibirás perpetuamente. Dios te bendecirá por dar y se encargará de que no salgas perjudicado y de que obtengas buenas ganancias a cambio: personas a las que has ayudado, almas que conocen a Cristo y el avance del reino de Dios. Por eso, pon a Dios primero y Él te recompensará con creces, te lo devolverá y te bendecirá.

    Jesús dijo: «Den y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida con que midan a otros, se les medirá a ustedes. Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente» (Lucas 6:38, Mateo 10:8).

    No puedes dar más que Dios. A Dios le encanta dar más que tú, y siempre te da mucho más de lo que tú das. «Porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra» (2 Corintios 9:7-8).

    Tomado de un artículo de Tesoros, publicado por La Familia Internacional en 1987. Adaptado y publicado de nuevo en febrero de 2024.

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Rincón de los Directores

Estudios bíblicos y artículos edificantes para la fe

  • La Primera Epístola a los Corintios: Introducción

    La ciudad de Corinto, situada en el istmo del mismo nombre —la estrecha franja de tierra que une el Peloponeso con la Grecia continental—, era en la época de Pablo, por su ubicación y puertos, una próspera urbe. La ciudad de Céncreas, a unos 10 kilómetros al oriente, era la puerta de entrada a Asia; Lequeo, unos 3 km al norte en el golfo de Corinto, se comunicaba directamente con la República Romana, en la actual Italia. Una vía o muro largo de piedra, de 6,5 kilómetros, unía las dos ciudades portuarias de Céncreas y Lequeo, lo que facilitaba el transporte de carga y de pequeñas embarcaciones por el ismo. El uso de aquel pasaje permitía a los barcos evitar la peligrosa travesía marítima alrededor del cabo del Peloponeso. Corinto era una encrucijada natural tanto para viajes terrestres como marítimos.

    La antigua Corinto llegó a ser la principal ciudad de la Liga Aquea, una confederación de ciudades-estado griegas. Rehusó someterse cuando Roma exigió la disolución de la Liga Aquea. Como consecuencia, el ejército romano saqueó e incendió Corinto. Los hombres de la ciudad fueron ajusticiados y las mujeres y los niños vendidos a esclavitud. Tras la derrota, la ciudad quedó desolada y deshabitada durante 102 años.

    En el año 44 a.C. Julio César decidió establecer una colonia romana en el lugar. Roma acostumbraba fundar ciudades para resolver el problema de la sobrepoblación en Roma y difundir la civilización romana. Corinto gozaba de buena ubicación para el comercio y poseía una defensa natural gracias a las altas rocas que dominaban la antigua ciudad. Contaba además con buenas fuentes de agua de manantial, al igual que dos puertos para el comercio este-oeste. La nueva ciudad se erigió sobre la antigua urbe griega. César colonizó Corinto con libertos o esclavos emancipados a quienes Roma concedía un estatus limitado de ciudadanía. Su avance en la sociedad romana era restringido, pero muchos de ellos adquirieron grandes riquezas y una elevada posición social.

    Pronto la ciudad renació de las ruinas y se hizo próspera. En los tiempos de Pablo, Corinto tenía fama por su riqueza y extravagancia. La nueva ciudad hizo posible que los libertos y sus herederos hicieran fortuna mediante operaciones comerciales. Tales oportunidades atraían colonos de todo el Imperio romano que podían ascender en la escala social.

    Corinto se componía de una población mixta de libertos romanos, ciudadanos griegos e inmigrantes llegados de diversas partes del mundo. Es probable que judíos procedentes de Palestina figuraran entre los que emigraron allí y que gozaran de buenas relaciones con la población en general. Si bien la población de Corinto era diversa, tenía influencia romana, y sus habitantes se consideraban romanos. Un autor explica: Cuando Pablo la visitó, la ciudad era geográficamente griega, pero culturalmente romana[1]. La arquitectura corintia y la forma en que estaba concebida la ciudad imitaban a Roma. El templo dedicado al emperador era de diseño romano. Muchas de las inscripciones halladas en las excavaciones de Corintio estaban en latín y no en griego.

    Cada dos años la ciudad era sede de los Juegos Ístmicos, evento que atraía a mucha gente desde sitios lejanos y que se traducía en un aumento de la actividad comercial. Por lo que se sabe, es posible que los juegos tuvieran lugar mientras Pablo se encontraba en la ciudad, ya que hace alusión a una carrera y al dominio propio ejercido por los atletas. En la época de Pablo la ciudad adquirió mayor riqueza y poder; por eso era un lugar importante para establecer la iglesia. De ahí otros se harían creyentes y se sumarían a la misión de llevar el evangelio a todas partes.

    Por ser puerto marítimo, Corinto era conocida por su inmoralidad. El nombre de la ciudad llegó a ser sinónimo de promiscuidad sexual y ser un coríntico equivalía a ser un libertino o un degenerado. Según la correspondencia de Pablo, la inmoralidad era asunto serio en Corinto. Un autor escribe: No hay duda de que allí cundía el pecado sexual; pero probablemente era del mismo tipo que uno esperaba encontrar en cualquier puerto donde el dinero corría con libertad y donde podían conseguirse mujeres y hombres[2].

    Apostolado de Pablo en Corinto

    Hechos 18:11 detalla que Pablo permaneció 18 meses en Corinto. Su larga estadía probablemente obedece a que Corinto constituía un destino importante para comerciantes, viajeros y turistas. Era un sitio ideal desde el cual difundir el mensaje. Algunas de las personas que visitaban Corinto o emigraban allá se mostrarían abiertas a las enseñanzas de Pablo. Estando en la ciudad pudo costear sus necesidades con la fabricación de tiendas de campaña. Dada la gran afluencia de público durante los juegos, seguramente existía gran demanda de tiendas para guarecerse. Estas además servían de toldos para comerciantes minoristas o lonas para las velas de barcos mercantes.

    Debido a la inmigración de gentes, tanto libres como esclavas, es de imaginarse que la población de la ciudad estaba más abierta a algo nuevo como el mensaje del evangelio. Los inmigrantes buscarían nuevos vínculos, ya que muchos se habían mudado desde las ciudades o países donde antes residían y eran desconocidos o vivían anónimamente en una metrópolis.

    Pablo escribió cuatro epístolas a los Corintios. La primera se redactó en Éfeso y se envió a Corinto por intermedio de Apolo. Esta epístola ya no existe, por lo que no conocemos su contenido. En los años 55 o 56 d.C., cuando se encontraba en Éfeso, Pablo escribió su segunda epístola a los corintios, que corresponde a nuestra 1ª a los Corintios. Poco después de esa segunda carta, Pablo realizó una segunda visita a la ciudad, que según su descripción, fue causa de tristeza[3]. Varios meses después envió a Tito a entregar su tercera epístola a Corintio, que al igual que la primera se perdió en la historia. Aquella fue una carta «con muchas lágrimas» en la que rogó a los corintios que cambiaran de conducta[4]. Tito informó que la congregación había respondido bien. La cuarta epístola de Pablo a Corintio se escribió aproximadamente un año después de su segunda epístola. Es la que conocemos como 2ª a los Corintios.

    1ª a los Corintios

    Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes…[5]

    Pablo empieza esta epístola identificándose como apóstol de Jesucristo por llamamiento divino. El corredactor de la misma fue Sóstenes, aunque después de los primeros tres versículos Pablo habla en primera persona del singular y queda claro que es él quien escribe o por lo menos el que dicta. Se describe a sí mismo como llamado por Dios «a ser apóstol».

    La mayoría de las epístolas de Pablo —salvo Filipenses y Filemón— parten con una afirmación de su autoridad. Aquí él expresa claramente que es apóstol de Cristo Jesús. En el Nuevo Testamento, un apóstol generalmente se refiere a los elegidos desde el principio por Jesús como discípulos y a unos pocos más[6]. Los apóstoles eran testigos presenciales del Cristo resucitado. Fueron llamados especialmente por Dios para ser testigos oficiales de la resurrección de Jesús. Él mismo les había encomendado la misión de propagar el evangelio. El llamado de Pablo le llegó a través de una visión del Cristo resucitado en el camino cerca de Damasco[7].

    A Sóstenes no se lo llama apóstol, pero ya que se lo califica de «hermano» es muy probable que los corintios lo conocieran. Quizás era el dirigente de la sinagoga de Corinto cuando Pablo estuvo predicando en la ciudad. En Hechos leemos que entonces todos tomaron a Sóstenes, el principal de la sinagoga, y le golpeaban delante del tribunal[8]. Mientras Pablo escribía esta carta bien puede ser que Sóstenes estuviera trabajando con él y que él mismo hubiera llevado la carta de Pablo a los corintios.

    La referencia que Pablo hace de sí mismo como llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios reivindica que su llamamiento proviene de lo más recóndito de los planes y designios del propio Dios. Establece claramente que no se hizo apóstol por motivo de ninguno de sus propios actos y deseos. Llegó más bien a ser apóstol porque Dios quiso que el mensaje de Jesús se entregara a través de apóstoles. A lo largo de su epístola Pablo vuelve al tema de su autoridad apostólica.

    A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, con todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro[9].

    Pablo da a conocer a quiénes va dirigida la carta y los saluda. Le escribe a la iglesia de Dios. Desde el principio mismo les recuerda que son la iglesia de Dios. La iglesia no pertenece a ninguno de sus grupos o dirigentes, sino a Dios. Más adelante en esta epístola Pablo hace hincapié en esto repitiendo «de Dios» ocho veces.

    Al dejar de dirigirse a «la iglesia» en singular y pasar al plural, le habla a toda la gente que compone la iglesia de Corinto. Calificar de «santificado» al pueblo de Dios hace eco del pueblo de Israel llamado por Dios para ser una «nación santa». Lo sucedido «en Cristo Jesús» produce una nueva comunidad de personas que han de formar el pueblo «santo» que han sido llamadas a ser.

    Pablo prosigue y declara que escribe a los que han sido llamados a ser santos. Así como él fue llamado a ser apóstol, les recuerda entonces a los corintios que Dios los ha llamado a cumplir un papel definido en el cual reflejarán una santidad de vida y de comunidad. Más adelante en la epístola se centrará más en el requisito de que los creyentes se conduzcan como pueblo santo.

    Gracia a ustedes y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo[10].

    Habiendo dado a conocer a quiénes va dirigida la epístola, Pablo los saluda con «gracia y paz». Es un deseo expresado en oración, en la cual se invocan la gracia y la paz sobre las personas a las que está destinada la misiva. La palabra «gracia» es importante para los creyentes. En los escritos de Pablo suele ser un término que engloba todo lo referente al desvelo con que Dios cuida de Su pueblo, así como a todo lo que los creyentes reciben de Dios y de Cristo, particularmente su salvación. La palabra castellana gracia se refiere en una de sus acepciones a la misericordia y el perdón que Dios concede sin merecimientos a la humanidad pecadora y que emanan de Su amor.

    Pablo usa la palabra «paz» en los saludos de todas sus epístolas y en las despedidas de varias de ellas. La paz resume las bendiciones que entraña formar parte del pueblo de Dios. Sintetiza la bendición del pacto de Dios y por tanto consiste en mucho más que una oración para que los corintios estén tranquilos y en paz. Abarca la paz con Dios que es consecuencia de la salvación. El anhelo de Pablo expresado en oración es que los corintios sigan experimentando diariamente a Cristo como Aquel que los lleva al Padre.

    (Continuará.)


    Nota

    A menos que se indique otra cosa, todos los versículos de la Biblia proceden de las versiones Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995, y Reina Valera Actualizada (RVA-2015), © Editorial Mundo Hispano. Utilizados con permiso.


    [1] Garland, David E., 1 Corinthians (Grand Rapids: Baker Academic, 2003), 3.

    [2] Fee, Gordon D., La primera epístola a los Corintios (Nueva Creación, Buenos Aires 1994)

    [3] 2 Corintios 2:1,2.

    [4] 2 Corintios 2:3–9, 7:6–15.

    [5] 1 Corintios 1:1.

    [6] Marcos 3:14,15.

    [7] Hechos 9:1–7, 1 Corintios 9:1, Gálatas 1:12.

    [8] Hechos 18:17.

    [9] 1 Corintios 1:2.

    [10] 1 Corintios 1:3.

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