Áncora

  • Los dones de la resurrección de Semana Santa

    Recopilación

    [Easter’s Resurrection Gifts]

    Justo antes de resucitar a Lázaro, Jesús le dijo a Marta, la hermana de este: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente»[1].

    Con las personas a las que revivió —como Lázaro, como el muerto que estaba siendo llevado fuera del pueblo para enterrarlo y como la hija del dignatario—, Jesús demostró tener poder sobre la propia muerte[2]. Dicho poder quedó aún más de manifiesto cuando Él mismo resucitó tres días después de ser brutalmente azotado y colgado de una cruz hasta morir.

    Su resurrección probó que Él era el Hijo de Dios. «Fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por Su resurrección de entre los muertos»[3].

    Su muerte expiatoria y Su resurrección hicieron posible que los que creen en Él sean también levantados de entre los muertos y tengan vida para siempre. Jesús fue el primero que murió, resucitó y nunca más morirá, por lo que el apóstol Pablo dice que fue «primicias de los que murieron»[4].

    Antes de salvarnos, éramos pecadores espiritualmente muertos; pero la salvación nos resucitó espiritualmente. Si bien llegará el día en que moriremos físicamente, nuestro espíritu seguirá teniendo plena conciencia y estará en presencia del Señor hasta el momento en que Jesús retorne. Cuando eso suceda, nuestro espíritu se unirá a nuestro cuerpo glorioso, que habrá sido transformado para ser como el de Jesús después de Su resurrección.

    Al declarar: «Yo soy la resurrección», Jesús estaba diciendo que tenía poder para revivir a los muertos. Antes de eso, en el Evangelio de Juan, Jesús dice:«Esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna; y Yo lo resucitaré en el día final»[5]. Porque Él vive eternamente, también nosotros viviremos eternamente.

    Aparte de declarar ser «la resurrección», Jesús afirmó ser «la vida», con lo que quiso decir que tenía poder para conceder vida después de la muerte. Como Él tiene vida dentro de Sí, está facultado para obsequiar con resurrección a todos los que creen en Él. Como Él es la vida, la muerte en definitiva no tiene poder sobre Él; y como da vida espiritual a los que creen en Él, también ellos participan de Su victoria sobre la muerte.

    «Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie los arrebatará de Mi mano»[6]. Al momento de fallecer, abandonamos esta vida terrenal, y nuestro ser exterior muere; pero nuestro espíritu, nuestro ser interior, continúa viviendo eternamente. Además, cuando se produzca la resurrección recuperaremos nuestro cuerpo físico, que habrá sido renovado.

    La muerte física, que pone fin a la vida física y separa a las personas de sus seres queridos, es un reflejo de la muerte espiritual que se produce cuando uno queda separado de Dios a causa del pecado. Sin embargo, como Jesús tomó sobre Sí nuestros pecados cuando sufrió y murió en la cruz, y seguidamente triunfó sobre la muerte con Su resurrección, la muerte ha sido vencida. Como estamos unidos a Él, también nosotros resucitaremos y viviremos eternamente con Él.

    ¡Resucitaremos porque Él resucitó! Eso es lo que se celebra el día de Pascua. Él es la resurrección y la vida, y si creemos en Él, aunque muramos, viviremos, y ya nunca moriremos.  Peter Amsterdam

    Otra capa de la Pascua

    En el capítulo 2 de los Hechos, leemos acerca del primer sermón de Pedro en Pentecostés. Jesús acababa de ascender el cielo y les había dicho a Sus discípulos que el Espíritu Santo vendría a ellos. Los creyentes se juntaron ansiosamente en un aposento alto esperando ver lo que seguía. Y el Espíritu Santo se manifestó como llamas de fuego, y todos fueron llenos de poder y audacia que nunca habían conocido.

    En aquel tiempo, Jerusalén estaba llena de judíos de todo el mundo. Luego de ser llenos del Espíritu Santo, los discípulos fueron bajando del aposento alto y apareciendo en público, donde empezaron a pregonar el evangelio en idiomas extranjeros que nunca antes habían aprendido. Todos los visitantes judíos de Jerusalén quedaron atónitos de escucharlos hablar en sus lenguas. La gente intentaba entender cómo era posible que hablaran en idiomas que nunca habían aprendido. Algunos se burlaron, diciendo: «Deben estar ebrios»[7].

    Luego Pedro, el mismo Pedro que había negado a Jesús unas semanas antes, se puso en pie y se dirigió a aquella enorme multitud: «No estamos ebrios; apenas son las 9 de la mañana. Fuimos llenos del Espíritu tal como lo profetizó el profeta Joel»[8].

    Siguió explicando que Jesús de Nazaret, el que todos sabían que había sido crucificado hacía poco, era el Hijo de Dios, a quien Dios había levantado de los muertos. Entonces hizo referencia a la profecía de David sobre Jesús en el Salmo 16:10: «Porque no dejarás mi alma en el Seol; ni permitirás que Tu Santo vea corrupción».

    Pedro dice: «Hermanos, permítanme hablarles con franqueza acerca del patriarca David, que murió y fue sepultado, y cuyo sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Era profeta y sabía que Dios le había prometido bajo juramento poner en el trono a uno de sus descendientes. Fue así como previó lo que iba a suceder. Refiriéndose a la resurrección del Mesías, afirmó que Dios no dejaría que Su vida terminara en el sepulcro, ni que Su fin fuera la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos.»[9]

    Luego Pedro retó a la gente diciendo: «Por tanto, sépalo bien todo Israel que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías»[10].

    El mensaje de Pedro fue tan contundente y ungido que la multitud se conmovió y dijo: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?», «Arrepiéntanse y bautícese cada uno», les contestó. Ese día 3000 creyentes se unieron a la iglesia. Y eso fue solo el comienzo.

    El mensaje de Pedro no fue solamente osado, fue también elocuente. Hizo referencia con toda precisión a las profecías y los profetas judíos y habló con claridad, cosa que no lo caracterizaba anteriormente. Estaba claramente ungido, y fue obra del Espíritu Santo.

    Jesús tuvo que dejar a Sus discípulos para que recibieran el don del Espíritu Santo. «Pero les digo la verdad: Les conviene que me vaya porque, si no lo hago, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, se lo enviaré a ustedes»[11].

    El don del Consolador está directamente relacionado con la muerte de Jesús. Nunca pensé que el Espíritu Santo podría ser algo para celebrar durante la Pascua, pero veo que el don del Espíritu Santo es un gran regalo que podemos celebrar en la Pascua.

    El Espíritu Santo es Dios viviendo en nosotros. Es Su presencia en nuestra vida y está a nuestra disposición porque Jesús estuvo dispuesto a dar Su vida para que lo recibiéramos. El Espíritu Santo va más allá de la salvación (que ya de por sí es el don más asombroso, increíble y rebosante de amor que podríamos recibir), y nos asegura una eternidad con Dios, nos conecta con el Espíritu y la presencia de Dios todos los días.

    Pensar en el don del Espíritu Santo ha añadido otra capa a mi aprecio de la Pascua y de lo que Jesús hizo por nosotros. Estoy agradecida por este entendimiento más profundo de lo que Jesús hizo por mí y es algo que nunca quiero dar por sentado.  Mara Hodler

    Publicado en Áncora en abril de 2020.


    [1] Juan 11:25–26.

    [2] Lucas 7:11–15; 8:49–56.

    [3] Romanos 1:4.

    [4] 1 Corintios 15:20.

    [5] Juan 6:40.

    [6] Juan 10:28.

    [7] Hechos 2:13.

    [8] Hechos 2:15–16 (parafraseado).

    [9] Hechos 2:29–32 (NVI).

    [10] Hechos 2:36 (NVI).

    [11] Juan 16:7 (NVI).

     

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Rincón de los Directores

  • El Credo (1ª parte)

    [The Creed (Part 1)]

    (Los puntos presentados en este artículo se han tomado del libro The Creed, de Luke Timothy Johnson[1].)

    A lo largo de la historia del cristianismo, diversas profesiones de fe han condensado las creencias fundamentales de la religión cristiana en textos relativamente breves conocidos como credos. La palabra credo viene del latín credo, que significa creo. Los credos, a veces llamados confesiones de fe o artículos de fe, resumen en una declaración formal las creencias básicas o esenciales de una comunidad religiosa o, en algunos casos, de toda la cristiandad.

    En esta pequeña serie de artículos nos centraremos en el credo conocido comúnmente como el credo niceno, que fue redactado en el año 325 d. C. en el Primer Concilio de Nicea y revisado en el 381 d. C. en el Primer Concilio de Constantinopla. El nombre formal de este credo es credo niceno-constantinopolitano. Se trata de un credo ecuménico, es decir, que plasma las creencias sobre Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo que son tenidas por verdaderas por todos los cristianos. Por consiguiente, puede ser recitado por cualquier cristiano, y está aceptado por la Iglesia católica romana, la ortodoxa, la anglicana y las principales iglesias protestantes.

    La base del credo se halla en una proclamación de Moisés en el Antiguo Testamento conocida como el shemá:

    Oye, Israel: el Señor, nuestro Dios, el Señor uno es[2].

    Esa era la principal profesión de fe del pueblo judío. En el Nuevo Testamento también se expresa claramente que Dios es uno. Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante de todos, respondió:

    El primero de todos los mandamientos es: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas»[3].

    En el libro de Santiago dice:

    Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan[4].

    A raíz de la vida, muerte y resurrección de Jesús, fue necesario que los primeros discípulos, todos los cuales eran judíos, ajustaran su concepto de Dios. Ellos presenciaron los milagros de Jesús, oyeron Sus enseñanzas, fueron testigos de Su muerte y luego lo vieron vivo de nuevo, lo cual cambió su concepción de quién era.

    La resurrección de Jesús fue un suceso que transformó a los creyentes. La Escritura describe que para ellos fue como convertirse en nuevas criaturas:

    Nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas[5].

    En Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada ni la incircuncisión, sino la nueva criatura[6].

    Tras la resurrección de Jesús y Su ascensión al Cielo, los creyentes que se habían vuelto nuevas criaturas comenzaron a entender que Jesús era Cristo, Señor e Hijo de Dios. Ese descubrimiento de la divinidad de Jesús dio origen a una ruptura con el sistema judío de creencias.

    Si los seguidores de Jesús solo lo hubieran considerado «el Cristo»[7], que significa el ungido, el Mesías, muy probablemente no habrían sufrido la oposición y persecución que sufrieron por parte del judaísmo. Sus seguidores habrían sido considerados un movimiento mesiánico dentro del judaísmo, si bien uno fallido, por causa de la crucifixión de Jesús.

    La convicción que separó a los primeros cristianos de sus compatriotas judíos fue que «Jesús es el Señor». Los cristianos aplicaron el nombre Señor, que en el judaísmo se reservaba exclusivamente para el Dios de Israel, a Jesús, el cual para los líderes judíos era un delincuente que había sido condenado y crucificado.

    Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo[8].

    Dios también lo exaltó sobre todas las cosas y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre[9].

    En otro pasaje, el apóstol Pablo afirma:

    Aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas y por quien nosotros también existimos[10].

    Pablo mantiene la supremacía del Padre como Dios y Creador. Sin embargo, también declara el estatus de Jesús y Su función de una manera que da a entender tanto igualdad como subordinación a Dios. Asigna el nombre de Dios al Padre, y el de Señor a Jesús, lo cual los hace a ambos divinos.

    Habiendo señalado que Jesús es el Cristo y el Señor, Pablo habla de que a la luz de Su resurrección es también el «Hijo de Dios»:

    Se refiere a Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por Su resurrección de entre los muertos[11].

    Pablo también cita las palabras del Salmo 2:7:

    Yo publicaré el decreto; el Señor me ha dicho: «Mi hijo eres Tú; Yo te engendré hoy»[12].

    En el libro de Gálatas, el apóstol Pablo menciona que Dios envió a Su Hijo y seguidamente habla del «Espíritu de Su Hijo».

    Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!»[13]

    Aquí se reconoce que el Espíritu es diferente de Dios Padre y del Hijo.

    En otro pasaje, Pablo menciona que el Espíritu Santo es tanto «el Espíritu de Dios» como «el Espíritu de Cristo»:

    Vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios está en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, pero el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por Su Espíritu que está en vosotros. […] Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. […] El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios[14].

    Por tanto, el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Una creencia fundamental del cristianismo es que hay un solo Dios y que este es tripersonal. Dios tiene interacción y una relación personal entre las distintas Personas que conforman la divinidad[15].

    Aunque el Antiguo Testamento no declara explícitamente que Dios sea tripersonal, hay versículos que aluden a ello.

    Acercaos a Mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba Yo. Y ahora me envió el Señor Dios, y Su Espíritu[16].

    ¿Quién subió al cielo y descendió? ¿Quién encerró los vientos en Sus puños? ¿Quién recogió las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los confines de la tierra? ¿Cuál es Su nombre y, si lo sabes, el nombre de Su Hijo?[17]

    Dijo Dios: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza»[18].

    Dijo el Señor Dios: «El hombre ha venido a ser como uno de Nosotros, conocedor del bien y el mal»[19].

    Descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero[20].

    Oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?»[21]

    En el Nuevo Testamento quedó claro el concepto de que en la divinidad hay tres Personas. Tal como escribí en otro artículo:

    La noción de las tres personas en un solo Dios quedó clara en el Nuevo Testamento a raíz de la vida, muerte y resurrección de Jesús y el derramamiento del Espíritu Santo sobre los creyentes. Los seguidores de Jesús llegaron a entender que Él era Dios, pero aun así distinto del Padre, y que el Espíritu Santo era Dios, pero a su vez distinto del Padre y del Hijo. De modo que fue en la época del Nuevo Testamento cuando salió a la luz y se reveló la verdad de la Trinidad[22].

    En el siglo II, Ignacio, obispo de Antioquía, escribió varias cartas a las iglesias de Asia Menor y Roma. En una de ellas dijo:

    Sed sordos, pues, cuando alguno os hable aparte de Jesucristo, que era de la raza de David, que era el Hijo de María, que verdaderamente nació y comió y bebió y fue ciertamente perseguido bajo Poncio Pilato, fue verdaderamente crucificado y murió a la vista de los que hay en el cielo y los que hay en la tierra y los que hay debajo de la tierra; el cual, además, verdaderamente resucitó de los muertos[23].

    Ignacio menciona detalles históricos sobre Jesús, habla de David, María y Poncio Pilato, y hace hincapié en que Jesús verdaderamente nació, comió, bebió, fue perseguido y murió, para dejar bien claro que asumió plenamente la condición humana.

    Otro texto cristiano primitivo, la Primera Apología de Justino Mártir, capítulo 61, dice que los creyentes recibían el bautismo «en el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo y del Espíritu Santo». Cuando se los conducía al agua bautismal, «se pronuncia en el agua sobre el que ha elegido regenerarse, y se arrepiente de sus pecados, el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo». Cuando entraban en el agua, se invocaban los otros nombres: «El que es iluminado es lavado también en el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que por los profetas nos anunció de antemano todo lo referente a Jesús». Ese rito primitivo de bautismo nos hace ver que Dios es «Padre y Soberano del universo», Jesús es el «Salvador» y el Espíritu Santo es el que «por los profetas nos anunció de antemano todo».

    El credo niceno-constantinopolitano resume las enseñanzas de la Biblia sobre la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aunque en los siguientes artículos lo estudiaremos frase por frase, incluyo aquí el texto íntegro[24]. (Algunas versiones comienzan por «Creo» en vez de «Creemos».)

    Creemos en un solo Dios,
          Padre todopoderoso,
          Creador de cielo y tierra,
          de todo lo visible e invisible.

    Creemos en un solo Señor, Jesucristo,
          Hijo único de Dios,
          nacido del Padre antes de todos los siglos:
                Dios de Dios,
                Luz de Luz,
                Dios verdadero de Dios verdadero,
          engendrado, no creado,
          de la misma naturaleza que el Padre,
          por quien todo fue hecho;
          que por nosotros y por nuestra salvación
                bajó del cielo:
                por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen,
                y se hizo hombre.
                Por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato:
                padeció y fue sepultado.
                Resucitó al tercer día, según las Escrituras,
                subió al cielo
                y está sentado a la derecha del Padre.
                De nuevo vendrá con gloria
                para juzgar a vivos y muertos,
                y Su reino no tendrá fin.

    Creemos en el Espíritu Santo,
          Señor y dador de vida,
          que procede del Padre y del Hijo,
          que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria,
          y que habló por los profetas.
    Creemos en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
          Reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados.
          Esperamos la resurrección de los muertos
          y la vida del mundo futuro. Amén.

    (Continuará en la segunda parte.)


    Nota

    Todos los versículos de la Biblia proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso.


    [1] The Creed—What Christians Believe and Why It Matters (Nueva York: Doubleday, 2003).

    [2] Deuteronomio 6:4.

    [3] Marcos 12:29,30.

    [4] Santiago 2:19.

    [5] 2 Corintios 5:16,17.

    [6] Gálatas 6:15.

    [7] Marcos 8:29.

    [8] Romanos 10:9.

    [9] Filipenses 2:9–11.

    [10] 1 Corintios 8:5,6.

    [11] Romanos 1:3,4.

    [12] Hechos 13:33, citando el Salmo 2:7.

    [13] Gálatas 4:4-6.

    [14] Romanos 8:9–16.

    [15] V. Lo esencial: La Trinidad (1ª parte).

    [16] Isaías 48:16.

    [17] Proverbios 30:4.

    [18] Génesis 1:26.

    [19] Génesis 3:22.

    [20] Génesis 11:7.

    [21] Isaías 6:8.

    [22] V. Lo esencial: La Trinidad (1ª parte).

    [23] Epístola a los trallianos IX:1,2.

    [24] https://episcopalchurch.org/es/los-credos

     

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